Hijo del orgasmo
Olvídense de cam4, xtube o cangrejas.com. El filete fresco corre a cargo de Michael Fassbender, Carey Mulligan y el séquito de féminas con las que se codea el nuevo Magneto. Este es el punto de partida de Shame, el sexo, o más bien la obsesión por él. Ay, cuántos hombres querrían tener dentro (y fuera) un Brandon Sullivan, un tipo capaz de desnudar con la mirada, desabrochar un sostén con un pestañeo y echar un polvo con una caída de ojos.
La película de Steve McQueen ha generado polémica. Ni erecciones, ni eyaculaciones, ni cunilingus, ni penetraciones… Coño, normal que la gente se mosquee y que el actor alemán no haya sido nominado a los Oscar. Los “modernos” carcas que gran parte conforman la Academia tienen muy en cuenta esos detalles. Se esperaban una especie de Garganta profunda lobby y se han llevado un chasco. Aunque una cosa es cierta, a los sesenteros les va la marcha, y si no preguntad al público mayoritario en la salas de Shame. Ha sido una sorpresa encontrarme con tanta pareja de abuelitos.
Bromas aparte y parafraseando el título de la peli, es una lástima que en pleno siglo XXI, con el porno como uno de los servicios más consumimos, nos escandalicemos cada vez que aparecen tetas, penes y vaginas en una pantalla de cine. Por no hablar de la violencia extrema (y ficticia), con casos como el de Saw VI o A serbian film (el cuál parece finiquitado después de archivar la causa contra Ángel Sala).
Pero volvamos a la peli. Entre tanta llama, una ráfaga de aire frío se cuela. Y es que ese final no lo cura ni tres semanas de Bisolgrip. El pasado turbio de la pareja que McQueen deja entrever no se resuelve. Tampoco convence el regusto a efectomariposa que deja el film. El “ésto no hubiera pasado si…” no cuela.
Con sus pros y sus contras, Shame es una curiosidad en la cartelera que no tiene desperdicio. Y no hablo del pene de Fassbender, malpensados.





